| Trujillo de mis amores cada vez que vuelvo y te veo digo: ¡Ay Dios, te han quedado que no te conoce ni la madre que te parió!
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Andaba Yo todavía por allí por el berrocal cuando le quitaron a la plaza las piedras de cantería típicas de siempre y le pusieron un pavimento de adoquines que no pega ni con cola: redondo. Quitaron la farola del pilar a la que ya estábamos acostumbrados y que quedaba muy estilizada acorde con las alturas de los edificios que la rodeaban y le pusieron un monolito bajito, rechoncho y… redondo. Prohibieron el aparcamiento en la plaza y a los que no les salió la cosa tan redonda fue a los comerciantes de la zona centro, quienes, después de ver cómo se llenaban sus cajas de telarañas, tuvieron que ir cerrando; y así está la “zona”, que da pena verla. La plaza, si no se mira el suelo, cosa que es una temeridad pues te tropiezas y te descalabras, queda muy bonita sin coches; pero creo que antes de quitar el aparcamiento gratis más grande de la ciudad (muy noble y tal…) hay que ofrecer una alternativa, que de lo bonito no se come. ¡Cómo me gustaba a mi aparcar en la plaza, comprar el periódico, hoy a Marisol, mañana a Chonci y sentarme en alguna terraza a leérmelo y si hacía mal tiempo dentro, darme un paseíno por la calle tiendas y ver cómo andaba el calzado, las mil y una cosas de los escaparates de Conde, de Maribel, los libros de Solita…! Ahora me da una pereza terrible subir, porque siempre, después de dar más vueltas que un burro en una noria, tengo que acabar en ese párquing angosto donde no se cabe, en el que pone muy finamente, algo así como: “si se pasa un poco al aparcamiento de al lado, paga por dos”; si aparcar en uno sólo es imposible a no ser que vayas en bicicleta. Y si no, multa, como me pasó este verano un jueves por aparcar encima de la acera en la calle que va de la carretera de Plasencia, o avenida de Monfragüe al Parador, cincuenta euros, esto sin impedir la circulación de ambos sentidos, tardé veinte minutos. Así de rápidos me gustaría a mí que anduvieran para descubrir quiénes son los que hacen las pintadas, pero eso se ve que no es tan fácil como rellenar una “receta” y, además, no deja dinero. ¿Y quien sale perdiendo con esto? Pues el comerciante que tiene que vender para comer ¿y quién sale ganando? Misterios tiene la iglesia, los doctores examinarán. |
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¿Que luces son estas? |
Y por la noche, ya es de peerse a rosca chapa ¿qué fue de aquella calle García, siempre llena, incluso a la hora de los vinos, con un montón de locales abiertos, cada uno de su estilo? Ya no hay ni Carbonera, apaga y vámonos. ¿Y el cine? En Cáceres, ¿y el teatro? Bien, gracias; no arde. Me dan pena los turistas; les vamos a matar de aburrimiento con esta amplia oferta cultural que tenemos en la muy noble, muy leal y, no sé cuántas cosas más, ciudad de Trujillo. Que el turismo no es sólo ver piedras y comer moraga y que te la claven en las tiendas de productos extremeños para “guiris” (los productos de La Chinata, sin ir más lejos, que se fabrican en Plasencia, me salen mucho más baratos aquí en Barcelona que en Trujillo; totalmente cierto). Y para los jóvenes nada de nada; algunas veces incluso no me extraña que les dé por pintar piedras. Lo que me sale de ojo es que no anden afeitando bombillas, pero todo se andará. La verdad es que esto es una forma de progresar que no acabo de entender. |
| Luis Mi Mateos, auto exiliado a voluntad. |

UN MUNDO DE CHAPUZAS
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